14 de noviembre de 1998
Por Amparo Garay
La madrugada del 28 de octubre estuvo llena de dolientes emociones mezcladas con la fuerte humedad de la intensa lluvia que por cinco días no cesaba de caer sobre el fértil suelo hondureño. Todo esto a consecuencia de la estadía del huracán Mitch en la costa norte del país.
En mis 44 años de edad jamás había experimentado una situación semejante a la que estuvimos expuestos. Abruptamente fuimos despertados por un hombre desesperado. Buscaba ayuda ya que el río amenazaba destruir su frágil vivienda construida de adobe. Salimos en medio de la torrencial lluvia en nuestro vehículo. Desafiando las fuertes corrientes del río, con la ayuda del Todopoderoso Dios cruzamos al otro lado y logramos poner a salvo a esta familia y sus escasas pertenencias.
Tuvimos la oportunidad de poner a salvo a otra familia compuesta por doce personas. Construyeron en adobe su humilde vivienda al lado de una insignificante quebrada que por las constantes lluvias se convirtió en un desembocado y furioso río que se llevó todo a su paso.
Encedí la radio portátil (pues ya no había electricidad, ni agua potable); no podía creer lo que escuchaban mis afinados oídos. Comunidades completas desaparecidas, personas subidas y amarradas a los árboles para no caerse mientras dormían, miles y miles de refugiados y damnificados, la infraestructura del país destruida en su mayoría. Cientos de niños de la calle que hicieron de debajo del puente su mísero hogar, fueron arrasados, mientras dormían, por las furiosas aguas y sepultados en el lodo del río. La escasez de alimentos, agua potable y medicinas aún es preocupante para muchos.
El demoledor impacto de Mitch hizo sangrar la flora, la fauna y a miles de habitantes que quedaron mirando al cielo en busca de consuelo y esperanza. Los rostros de la desesperanza se veían en cada rincón de Honduras. Los niños desamparados pedían comida y abrigo. Los ancianos que con tan pocos recursos habían labrado con sus propias manos una patria de esperanza, veían derrumbar su amada patria que los vio nacer.
A pesar de que estamos en la ciudad de Danlí, al sureste del país, esta zona también se vio afectada por intensas lluvias e inundaciones. Mi esposo y yo nos entregamos a la tarea de ayudar en todo lo que nos ha sido posible. Ahora sí entendemos muy bien por qué hace cuatro meses atrás, ardía en nuestros corazones el ardiente deseo de venir como misioneros Metodiastas Unidos a Honduras y proclamar las Buenas Nuevas de Salvación.
A cada niño que hemos abrigado, a cada persona que hemos extendido la mano para ayudar, cada gesto de solidaridad que hemos expresado, Dios mismo nos ha remunerado con paz en nuestros corazones para seguir adelante porque "siervos inútiles somos que lo que debemos de hacer eso precisamente es lo que hemos hecho". Gracias a la ayuda humanitaria de otros países que en gesto de apoyo total han permitido que el dolor de miles se alivie. Oremos y ayudemos a restaurar la fe y la patria de cada hermano hondureño.
Nota: Si necesita información sobre donaciones y envío de recursos materiales, vea Cómo
responder a las víctimas del Huracán Mitch en Centro América a través del Comité
Metodista Unido de Auxilio.

Amparo y Angel Garay en Honduras antes del huracán Mitch
Angel y Amparo Garay
Misioneros de la Junta General de Ministerios Globales
Iglesia Metodista Unida
Apartado Postal No. 70
Danlí, El Paraíso
Honduras, C.A.
Teléfono: 504-883-2419